El Chapín

     Nunca he podido averiguar lo que haya dado motivo a que se designe con el nombre que encabeza este artículo a los guatemaltecos; ni alcanzo la analogía que pueda existir entre la persona que ha nacido en la capital de nuestra república y una “especie de chanclo de que usan solo las mujeres y se diferencia del chanclo común en tener, en lugar de madera, un corcho forrado de cordobán;” definición que el Diccionario de la Academia dá de la voz chapín.   Según el Padre Alcalá, chapin es una corruptela del nombre arábigo chipin, que significa alcornoque; y se dió esa denominación al tal calzado, por formarse sus suelas de la madera de aquél árbol.   Si alguno de nuestros eruditos antepasados sabia eso, y al llamar chapines a los guatemaltecos, quiso decir disimuladamente que somos unos pedazos de alcornoque, la cosa no va tal vez tan fuera de camino.  ¿No podría decirse que, en ese sentido, somos, cual mas cual menos, unos verdaderos chipines en arábigo, ó chapines como hoy se dicen en castellano?

Por lo demás, sea cual fuere la etimología de esa denominación, ella ha hecho fortuna, como muchas gentes que tienen un origen igualmente dudoso; y fuera de la república, con tal que no salgamos de los límites de los estados de la América Central, no se nos conoce bajo otro nombre que el de chapines, que hemos aceptado de buena voluntad los hijos de esta capital, como aceptamos otras cosas peores.

El tipo del verdadero y genuino chapín, tal como existía a principios del XIX, va desapareciendo poco a poco, y tal vez de aquí a algún tiempo se habrá perdido enteramente.   Conviene, pues, apresurarse a bosquejarlo antes de que se borre por completo, como se aprovechan los instantes para retratar a un moribundo cuyo recuerdo se quiere conservar.    El chapín es un conjunto de buenas cualidades y defectos; pareciéndose en esto a los demás individuos de la raza humana; pero con la diferencia de que sus virtudes y sus faltas tienen cierto carácter peculiar, resultado de circunstancias especiales.  Es hospitalario, servicial, piadoso, inteligente; y si bien por lo general no está dotado del talento de la iniciativa, es singularmente apto para imitar lo que otros hayan inventado.   Es sufrido y no le falta valor en los peligros.   Es novelero y se alucina con facilidad: pero pasadas las primeras impresiones, su buen juicio natural analiza y discute, y si encuentra, como sucede con frecuencia, que rindió el homenaje de su fácil admiración a un objeto poco digno, le vuelve la espalda sin ceremonia y se venga de su propia ligereza en el que ha sido ídolo ayer.    Es apático y costumbrero; no concurre a las citas, y si lo hace, es siempre tarde; se ocupa de los negocios ajenos un poco mas de lo que fuera necesario y tiene una asombrosa facilidad para encontrar el lado ridículo a los hombres y a las cosas.    El verdadero chapín (no hablo del que ha alterado su tipo extrangerizandose) ama a su patria ardientemente, entendiendo con frecuencia por patria la capital donde ha nacido; y está tan adherido a ella, como la tortuga al carapacho que la cubre.

Para él, Guatemala es mejor que París; no cambiaría el chocolate, por el té, ni el café, (en lo cual tal vez tiene razón).    Le gustan mas los tamales que el vol-au-vent, y prefiere un plato de pipian al mas suculento roastbeef.    Va siempre a los toros por diciembre, monta a caballo desde mediados de agosto hasta el fin del mes; se extasía viendo arder castillos de pólvora; cree que los pañetes de Quetzaltenango y los brichos de Totonicapan pueden competir con los mejores paños franceses y con los galones españoles; y en cuanto a música, no cambiaría los sonecitos de pascua por todas las óperas de Verdi.

Habla un castellano antiquísimo: vos, habis, tené, andá; y su conversación está salpicada de provincialismos, algunos de ellos tan expresivos como pintorescos.   Cóme a las dos de la tarde: se afeita jueves y domingo, a no ser que tenga catarro, que entonces no lo hace así lo maten; ha cumplido cincuenta primaveras y lo llaman todavía “niño Fulano”; concurre hace quince años a una tertulia, donde tiene unos amores crónicos, que durarán hasta que ella o el bajen a la sepultura.   Tales son, con otros que omito por no alargar mas este bosquejo, los rasgos principales que constituyen al chapin legítimo; del cual, como tengo dicho, apenas quedan ya unas pocas muestras.

Uno de mis mejores amigos, Don Cándido Tapalcate, hombre de excelente corazón, pero de escaso entendimiento, es un compendio de muchas de esas buenas cualidades, manias y preocupaciones que he bosquejado aquí rápidamente.   En el tiempo en que yo era nopalero, estrechamos nuestras relaciones; pues mi amigo, que se ocupaba también por entonces en la agricultura, tenía una magnifica plantación de nopal, colindante con la mía.   En honor a la verdad debo decir, ya que hablo de esto, que jamas me sonsacó a mi mayordomo ni a mis operarios, portándose siempre conmigo como buen vecino y como caballero.     Hará cosa de un año, Don Cándido tenía enfardada en los corredores de su casa la grana que su nopal le había dado en tres cosechas, sin haber querido venderla; pues nadie le quitaba de la cabeza que cuanto se decía de la baja de los precios en Europa y descubrimiento de nuevos tintes, eran unas grandes mentiras, inventadas por los pícaros de los extranjeros, confabulados con los comerciantes judíos de aquí, para sacrificarnos a nosotros los nopaleros.

Inútilmente le mostraba yo las circulares de las casas de Lóndres y los periódicos, pues siempre me contestaba que el papel todo lo aguanta; y atrincherado tras ese que él creía un verdadero axioma, no era posible hacerlo entrar en razón.   Un día, aburrido sin duda de estar tropezando con los no muy olorosos zurrones de su grana, mi amigo tomó la mas extraña resolución de este mundo, atendidos su carácter y preocupaciones.   Tal fue la de coger sus tercios de cochinilla, marcharse con ellos a Izabal y embarcarse para Lóndres.   Cuando me comunicó el proyecto, estuve un rato dudando si soñaba; pero al fin hube de convencerme de que aquello no era una fantasmagoría, al ver la formalidad de los preparativos de la expedición.   ¡!Don Cándido Tapalcate hacer un viaje a Europa!!  El, que veinte años hace tuvo que ir a Belice, y antes de emprender la marcha, se confesó y otorgó su testamento!  ¡Don Candido, el chapín por excelencia, el enemigo nato de todo lo que es extranjero, ir a caer a aquella Babilonia!.

Fijó el día de la partida y comenzó a tomar sus disposiciones.   Como mi amigo es hombre solo y no tiene mujer, hijos, ni nada que le estorbe, empleó solo cuatro meses en los preparativos del viaje, y al fin estuvo listo.    Fui a decirle el último adiós, y me ocurrio echar una mirada a los avíos, por ver si se había olvidado alguna cosa.   Figuraos mi sorpresa, al ver que Don Cándido marchaba para Lóndres con un catre y su correspondiente colchón;  con toda su ropa, en cuenta los fraques y las levitas de penúltima moda que aquí solía llevar; con un sobrero dentro de su respectiva caja; con un servicio de mesa desde manteles hasta salero; con un batidor de cobre y su correspondiente molinillo y con un mueble de que jamas se había separado, al cual tenia particular cariño y que llamaré aquí por su nombre, puesto que no es pecado: la bacinica de plata de su abuelo.

Llegado el dia de la marcha, se despidió de mí hecho un mar de lágrimas, y se me confesó que se iba únicamente por haberlo anunciado tantas veces; siéndole bochornoso desistir del cacareado viaje.

Mi pobre amigo sufrió el mas horroroso mareo durante la navegación.  En conciencia, no le debieron haber cobrado como a pasajero; sino el flete como un zurron mas de los trescientos y tantos que iban por su cuenta, embarcándolo bajo conocimiento.   Llegó al fin a Lóndres, y algún tiempo después recibí una carta suya, que voy a trasladar aquí íntegra, para que se forme idea de las impresiones de un sencillo chapín del año 1811 en una de las grandes capitales de Europa.   Decía así:

“Querido amigo Salomé.

“Lóndres, Diciembre 15 de 1860.

“Al fin, gracias a Dios, me tiene U.   en ésta sano y salvo, después de haber pasado el mar, cosa que jamas había podido imaginar me sucediese.    No me detendré a poderar a U.   los riesgos que hemos corrido y los peligros en que nos hemos visto,   porque seria cosa de nunca acabar.   A poco de haberme embarcado en Belice, comencé a sentir ese mal horrible que llaman mareo, y al día siguiente sentía yo dentro del cuerpo las ansias de la muerte.   Llamé a un criado para que propusiese al capitán la mitad de mis tercios de grana con tal de que parase por un cuarto de hora siquiera el condenado buque; pero el maldito hizo tanto caso de mí como si ladrara un chucho.   Tuve que resignarme a aquel horroroso sangoloteo, y metido en una especie de cajón de muerto, pasé no sé cuantos días; hasta que quiso Dios llegásemos al puerto, donde me desembarcaron, y metido en un coche grande, que camina como alma que se lleva el diablo, llegué a esta capital y me acomodé en el primer hotel que encontré a mano.  ¡Ay amigo! Esto es grande, grande, grande.   Será como seis veces Guatemala, según creo; pues dicen que ya llega a dos millones esta población; y teniendo nuestra capital mas de trescientas mil almas,  y U.  vé que sí sale la cuenta, poco mas o menos.   Aquí todos son locos, y no se entienden los unos a los otros.   Hablan diferentes idiomas, y por desgracia muy poco el castellano, y menos aun el guatemalteco, como se lo probará a U. un caso que al siguiente día de mi llegada me sucedió.   Hice que me llevaran a casa de un Sr. Chuleta, (así creo que llama) un comerciante chapeton (Español) muy rico, que todos dicen es muy buen sujeto y para quien traje cartas.   Me hizo mucho cariño, pues no es hombre de los que se dan tono, y después de haber leído las cartas, me dijo que viera en que podía servirme.

Yo, que casi no tenia ya cuartillo, pues me había gastado entre Izabal, Belice y Santomas, lo que traía, le dije:

  • Señor Chuleta, lo que por ahora necesito y con urgencia, es un poco de pisto, pues se me ha acabado el que saqué de Guatemala.
  • Pisto, dijo él, no sé lo que es; pero si lo hay en Londres cuente U. con que lo tendrá.
  • Esa es otra, le contesté, ¿pues no ha de haber pisto en Londres?
  • Podrá haberlo, dijo él; pero yo no sé lo que es.
  • Pisto, pisto, le repliqué; lo que todos gastamos; y viendo por fortuna unas cuantas monedas sobre el escritorio, las tomé y le dije:
  • Esto es pisto, Sr. Chuleta.
  • Ah!, dijo él, UU. Llaman pisto al dinero; esa es otra cosa y tendrá U. el pisto.

Figúrese U., amigo, si no es para desesperarse uno.   Hasta ahora oigo que pisto no es palabra castellana.

¿Será, pues, griego o pupuluca lo que allí hablamos?

Luego sucede que en el condenado hotel donde vivo, nadie me entiende una palabra.   En vano he recurrido al consejo que en esa me dieron algunos amigos, y que es un recurso tan sabido, de pedir sobrero cuando quiero pan; botas, si necesito mantequilla, y nombrar a la Pepa mi prima para pedir papel,  Ni por esas.   Me responden siempre:  “Ay, no sé onde están” (I dont undertand).     Figúrese U., mi amigo, si yo he de creer que los criados del hotel no saben donde está el pan, la mantequilla y el papel.   Despues he sabido que lo que quieren decirme con eso es que no me entienden.    Creo, pues, que estos malditos criados han olvidado ya el inglés.   No he ido a los teatros, ni a los museos, ni a los otros establecimientos públicos, ni a nada; porque con el diablo de frio que hace, me ha caído un catarro que me ha tenido encerrado casi desde que vine.  Salí un dia por necesidad, porque me avisaron que iban a vender mis granas; lo cual hicieron como les dio la gana; mientras un gringo de estos, subido en una especie de pulpito, daba martillazo tras martillazo, que no parecía sino que me caian los golpes en el corazón.   Las comidas son aquí infernales.   El chocolate se me acabó, y lo que venden con este nombre, es imbebible.   Luego vaya U.  a conseguir unos frijoles, ni unos tamales, ni una tortilla, ni una naranja agria, ni un chile para el caldo en este condenado Lóndres, que Dios confunda.   Un español que vive en el hotel me propuso ayer ir a Paris; yo le dije que si podía irse por tierra, estaba pronto.   Se puso a reir; me dijo que estábamos en una isla, es decir, en un montón de tierra rodeada de agua; lo cual, como U. se figurará, no deja de darme algun cuidado.   Añadió que para ir a lo que ´le llama el continente, es necesario pasar el canal de la Mancha.   Yo le pregunté si esa mancha de que me hablaba era la tierra de Don Quiijote, pues me alegraría mucho de conocerla;   y vuelta a la risa.   La gente aquí, amigo Salomé, es muy malcriada.  Yo saludo a todo el mundo en la calle, en el hotel, en todas partes, y nadie me contesta.

Cuando voy a entrar por na puerta y entra otra persona el mismo tiempo, me detengo y cedo el paso.   Como si nada; entran sin hacer caso de  mí, de Don Candido Tapalcate, antiguo municipal y dueño de una gran nopalera en Guatemala! ¿Qué dice U. de esto?   Estoy arreglándolo todo para marcharme, y lo único que me detiene es que me han aconsejado asegure el pisto (U. si sabe lo que es pisto)  que voy a llevar, y me piden por eso no se cuanto.  Yo los he enviado a la droga y he dicho que mas seguro va en mi cofre que en ninguna otra parte.  Socaliñas, mi amigo, socaliñas.   Ahora ya sé lo que es Lóndres, y nadie podrá contarme cuentos.   Pronto nos veremos, si no me muero del mareo;  y entre tanto, me repito de U. afectísimo amigo.

                                                                                              CÁNDIDO TAPALCATE.

P.D.  Por si no me voy tan pronto, hágame favor de pasar a casa, buscar mi capa que dejé en la percha y enviármela por el paquete; porque si no, con este frío me voy a helar hasta los huestos.”

Tal era la extraña carta de mi sencillo y excelente amigo.   Dos meses después estaba en Guatemala.   Fui a encontrarlo a la garita.   El infeliz había estado a punto de naufragar entre Santomas y Jamaica; y habiendo sido necesario aligerar el buque, tuvo que arrojar al agua su dinero, que no había querido asegurar, y su equipaje, incluso el batidor y la consabida prenda del abuelo.   Venia disgustadísimo del viaje, y jurando no volver a salir de su tierra, aunque lo hicieran papa, según me dijo, al abrazarme con las lágrimas en los ojos.   Me hizo la enumeración de todos sus percances, y concluyó asegurándome que si alguna vez le venía la tentación de mezclarse en la plítica, y llegaba el caso de que lo espulsasen del país, pediría mas bien como un favor el que lo fusilaran, antes de hacerlo salir de Guatemala.

Autor: Salomé Jil

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