De sombrero limeño.

justorufinobarriosauyon

Resalta ahora entre todo lo que he podido recordar, cierta anécdota preciosa vivida por mi abuela Francisca, cuando apenas era una jovencita.   Trataré en todo lo que posible me sea el no perder detalle alguno dentro del  contexto mismo referente a la historia que con detalles minuciosos ella me contara así:   -Conocí al general Justo Rufino Barrios Auyón, en uno de sus viajes al nororiente del país.   Se dio esa vez que te cuento, y no se olvida –me dijo segura de sí.- ¡Pero cómo se me va a olvidar, hijo! –ratificó exaltada- si ese día matando un puerco estaban los mozos de la hacienda Los Robles, propiedad de mi señor padre, cuando en eso escuchamos un rebotado tropel de hombres montados a caballo.   Era, ve, la comitiva presidencial, según nos pudimos enterar más despuesito.   Orientaban hacia el norte procedentes de la capital, camino al puerto fluvial de Gualán donde se embarcarían rumbo a la barra del Motagua.   De ese punto abordarían la goleta ‘Monta Blanca’, propiedad del Estado, que los llevaría al puerto de Santo Tomás de Castilla, donde le hacía compás de espera una delegación inglesa con quienes trataría el mentado lío ese de Belice.   En eso pues, detienen la marcha frente a la puerta de trancas, entrada principal al casco de nuestra hacienda, donde se levantaba la Casa Grande, llamada así desde que fuera una estancia, ubicada bajo un sombrío de espesa arboleda.  Un gendarme pica espuelas y coloca su cabalgadura delante de toda la comitiva y llama con un grito desparramado:

                -¡Ave María!… ¿Está la gente?… –Priva en eso un silencio.  Tomás, vaquero encargado de los corrales, muy fiel a mi señor padre, sale al patio a sosegar a los perros quienes fierosos ladran con ganas de atacar.  Regresa el muchacho al instante y ya frente a mi padre, le informa:

                -¡Parecen ‘actoridá’, patroncito!

Luego de ser informado, sale al patio revólver al cinto, en compañía de dos de sus mejores perros los que tan solo esperaban ser ajotados si el caso lo ameritaba.  “Shiiit, quietos!”, les ordena a sus perros, al notar entre el grupo a caballo a un hombre de barba muy poblada y quien en ese momento ocupábase en apearse de una potranca azabache, como de unas catorce a quince cuartas de alzada.   Luce aquel hombre sombrero limeño, un paño rojo al cuello, guangochos los pantalones de montar, polainas un poco debajo de las rodillas.   El resto de la comitiva aguarda todavía montados, guarnecidos bajo la sombra de un caulotal.  El del sombrero limeño, rostro un tanto oscuro le dice entonces:

                -¡Soy el Presidente de la República, le pido posada para mi comitiva, alimentos y forraje para nuestras cansadas bestias; si usted se negara a darnos al auxilio lo mando a fusilar en el acto! –Fue mira hijo, lo que dijo aquel grande hombre.  Y en lo que hablaba no dejó un solo momento de darse golpecitos con su fuete en uno de sus muslos.  Mi padre, quien sin lugar a dudas lo reconoció en el acto, le responde en la misma medida, a’i donde ves:

                -¡Como usted guste mi general!… –oímos decirle ¡Un silencio copa en eso el ambiente, pero tarda lo que dura un suspiro!  Mi hermanita y yo, abrazadas a mi madre.   Parecíamos estatuas bajo la gotera del corredor de la casa.  Esperábamos lo peor, pues a esas alturas no sabíamos quiénes eran.   Al cabo, casi frente a frente los dos, como decir a unas seis brazadas, apuran el paso ambos: el general presidente y mi padre, llevando los brazos en cruz; ya cerca el uno del otro se dan un abrazo que nos dio gusto ver en verdad.   Un sol de invierno abrasaba hasta quemar.  Y así, entre carcajadas y palabras de afecto, caminan tomados del brazo rumbo al corredor.   Despuesito, un lugarteniente uniformado de gris, pechera roja, quepis negro con borlas rojas en forma de penacho, guerrera y medias calzas de lona caqui, ordena de un solo grito: “!Atención…. desmonten, ya!”.   Luego, se apean todos de sus monturas.

Tomás, nuestro mozo que nunca deja a mi padre, les ayuda a desensillar, dan agua a las bestias y les echan de comer.   La potranca del señor presidente es conducida a un establo, y lo mismo hace con un caballo moro, cuya estampa era de lujo, montado por el señor Ministro de la Guerra; otras cabalgaduras, entre las que se contaban unas ocho mulas de doble jornada, llenan también las caballerizas, junto a tres caballos finos más que cabestreados los traían de refresco.   El resto, machos y mulas de carga son soltados en un potrero cercano.   Daba gusto, mira hijo, cómo cuidaban a esos animales.   Durante la noche los cubrían con unas mantas verdes.   Y ya no fue un solo puerco el sacrificado, fueron tres ese día, más unas gallinas que mi madre ordena a su servidumbre retorcerles el pescuezo para cocinarlas en caldo, y otras enteritas, doradas al calor de las brasas.   Entre animada plática almorzaron ese primer día.   La felicidad del general Barrios y la de mi señor padre no era para menos, habían sido ellos compañeros de armas en más de una campaña en aquellas aventuradas correrías político-guerreras del movimiento liberal del 71.   Todo fue comer, el lugarteniente aquél ordena una avanzada: las goteras del pueblo, cercanas ya.   Debían enterarse, según pude oír, si ya habían atracado las naves en el puerto fluvial, que los debían transportar vía Motagua hasta la bahía de Omoa, donde los esperaba desde hacía ya una semana la goleta presidencial denominada “Monja Blanca”,  para ser transportados en la continuidad del viaje hasta el puerto Santo Tomás de Castilla, lugar éste donde lo aguardaba una comisión inglesa con quienes trataría no sé qué líos tenían por el territorio de Belice.   Tres días tardaron en nuestra hacienda, mientras se les desinflamaba las posaderas como a tres de su plana mayor y a dos de sus ministros, a causa del largo camino a caballo.

                -Abuela, ¿cuántos años de edad tenía usted cuando eso?

Muchachas casaderas éramos ya; eso sí, mujeres arrechas, niñas pero hechas al trabajo.   Pues sí, mi nieto, pasado el almuerzo, buscan ellos a instancias de mi padre, donde sestear.   El presidente Barrios, cual largo era, se acomodó en una acogedora hamaca “pita e’cañamo”;  el Ministro de Guerra, un tal sargento mayor de nombre Eugenio Dighero, prefirió descansar en una butaca cuero de venado, y el resto de la comitiva ocupan otras hamacas, sillas y poltronas bejuco de Viena, estas últimas que mi abuelo había traído de México en uno de sus últimos viajes.   Luego mi padre y mi señora madre se acomodaron en el largo pretil de uno de los cuatro corredores de la casa.

En ello encontrábanse cuando muy a lo de repente, el general Barrios le dice muy eufórico cual era, a mi madre:

                -¡Doña Dolores, óigame por vida suya.  Hágame el favor su merced, de ponerme atención a lo que deseo contarle tantito….

                -Soy toda oídos, su excelencia – le dice mi madre.

Tiene usted por marido y esposo a un verdadero hombre.   A un soldado valiente.  Él, junto a otros oficiales de mi plana Mayor del Cuartel General en Marcha, participó en la expedicionaria que como jefe revolucionario tocóme comandar dentro del campo de mis traviesas correrías políticas y guerreras.    Su marido se lució en las batallas de Laguna Seca, Así como en Tierra Blanca, muy decisivas en el triunfo liberal del 71, ¿sabe?;  este hombre, hoy su esposo –le dice alzado la voz-, fue mi brazo derecho.   Dado a su valor y estrategia, lo ascendí entre el rugir de cañones, digo pues, en plena batalla, a teniente coronel, sin más ni más.   Pero óigame…:

                -Lo escucho su excelencia –le dice entonces ella, con la afabilidad tan natural, propia en su modo de ser.

Le decía sin ocuparme en adularlos, que si él no se retira de la noble carrera de las armas, a estas alturas fuera ya todo un general de división, listo ahora mismo para entrar en batalla, en reñido combate para lograr mi sueño dorado:  la Unión Centroamericana, pues ¡ardo en deseos por realizar a pura metralla y cañón, porque en este asunto delicadísimo ya no caben las palabras, vías para el entendimiento de dicho tema!  ¡Mero mero como lo oye, doña Dolores! Sin embargo, convertido ahora mi amigo y hermano Fabián, en un hacendado de éxito y jefe de tan honorable familia, ¡enhorabuena!; españoles así pueden quedarse en Guatemala el tiempo que deseen, si dispuesto tienen dejar la Madre Patria España, ¡carajo!.

                -Eso fue todo lo que dijo en ese momento.  Agradecido aquel hombre por las muchas atenciones dispensadas a él y su comitiva.    El Reformador, tal le llamaban, se enteró por mi señor padre que un preceptor primo suyo me había enseñado las primeras letras;  él, digo pues el general presidente, dadivoso cual era nos ofreció a mi hermanita y a mí, una beca del Estado para poder estudiar en Zacapa o bien en Chiquimula, diciéndonos muy augusto:  ¡!Ve! allí en Zacapa, según me tienen informado, cuentan con un colegio dirigido por un excelente pedagogo.   Es él, el maestro don José Archila Lemus.   Lo mismísimo en Chiquimula, otro notable pedagogo y gran preceptor, dedicado de por vida a la formación de jóvenes, es él, don José Ángel Palma.   De ambos tengo buenas referencias.   Deben ustedes decidirse… “  Pero sus palabras quedaron prendidas en lo que fue una ilusión para nosotras.   Si, una ilusión desvanecida.   El siguiente año en que debíamos depender de la beca y estudiar, muere El Reformador en la batalla de Chalchuapa.

 

Autor: Carlos Arturo Urzúa S.

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