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La visita de Rubén Darío a Huité

ruben-darioRubén Darío descansaba acostado en una hamaca en su casa de León, Nicaragua, muy enfermo y bastante decaído.

Un amigo llegó a visitarlo, como acostumbraban a hacerlo todos los coterráneos y amigos del poeta universal, que con sus versos le cantó a su patria, a las musas, a Margarita y al Santo de Asís.

-¿Cómo amaneciste hoy Rubén?- Le preguntó con voz suave, abrazándolo fraternalmente.     -Bastante enfermo, quizás cercano a la muerte, ¿pero qué le vamos a hacer?-.   -Sé que voy a morir pronto, pero siento una gran satisfacción porque mi obra literaria ha bregado por los cinco continentes.   Además me cabe el orgullo de haber estado a la par de todos los poetas del mundo.

-Me gusta mucho tu optimismo Rubén, pero no estoy de acuerdo contigo, ya que tú no has estado al lado de todos los petas, estoy seguro que a los petas de Huité, ni siquiera los has oído mencionar-

-¡De Huité!-

-¿Y dónde queda ese lugar?-

-Huité es un lindo pueblecito que está en el oriente de Guatemala y creo que a pesar de tus andanzas, ese lugar es completamente desconocido para tí.

-Claro que sí mi hermano, no lo conozco, a pesar de que he estado algunas veces en Guatemala.   Por eso, dile a la parca que me espere unos días, pues no me voy a morir con el deseo de haber compartido con los poetas huitecos-

-Ahora mismo preparo mi equipaje y me voy a Huité, sin importar que esta sea mi última aventura literaria-

Después de varios días de transitar en autobús, Rubén Darío llegó a la Ciudad Capital de Guatemala.   Pernoctó allí y al día siguiente muy temprano salió en el tren “Pasajero” hacia el oriente del país.    Como a las once y treinta de la mañana, bajó en la estación del ferrocarril “La Reforma” y continuó su fiaje a pie por una carretera de terracería en dirección al bello pueblo huiteco, donde los hombres con su trabajo y su sentido de buen humor le dan vida a este gran país.   Cuando iba inmerso en el paisaje deleitándose con los cantos de los pájaros propios del lugar, lo alcanzó un campesino que venía de regar un pedazo de milpa, llevando su azadón al hombro.   En forma cortés y amable para iniciar una conversación, Rubén Darío lo saludó.

-¿Que tal amigo?-

-Aquí como el aguacate, relumbroso por fuera, pero podrido por dentro. –

– ¿Para donde va? – Continuó Darío Cuestionandolo.

– Pues de seguro que para adelante. – Respondió el huiteco al instante.

-¿ y de dónde viene?-

-No está viendo que de atrás pues- Le contestó el campesino con la misma rapidez.   -Yome llamo Rubén Darío -.  – ¿Y usted? -,  -Yo no.-  Mi nombre es Oscar… Oscar Martínez y me dicen el burro, no porque sea necio, sino por otra cosa. –     Rubén Darío lo observó de pies a cabeza y fijando su vista en la pelvis del mulsculoso huiteco, respondió con un movimiento ligero de cabeza y una sonrisa picaresca.  Lo comprendo, lo comprendo.

-Don Oscar ¿es cierto que acá en Huité hay muchos poetas?-   -Muchos no, aquí todos somos poetas.-  -!Ah¡ –¿Entonces usted también es poeta?- -Poeta, músico, jugador, gallero, apostador, cantineador y algo más que se le ofrezca.-

-No don Oscar, a mí solo me interesa el aspecto literario, permítame contarle que he viajado muchos kilómetros desde mi tierra León, Nicaragua, sólo para sostener un encuentro lírico con un poeta de este lugar.- -Púchica y cómo es que no se lo ha hartado ese animal.-

-No don Oscar, no se trata de un félido, es el nombre del pueblo donde vivo y ya que he tenido la suerte de encontrarme con usted, hagámosle un canto a esa paloma que acaba de volar en ese árbol de Guayacán.-   -Así que yo hago los primeros versos y usted los rima.-

¿Qué tendrá la torcaza huiteca que apresuradamente abandona el nido?

Pues puede que esté culeca o puede que ya ha ponido.

Completó la rima el huiteco sin ningún titubeo.

Rubén Darío sonrió, lo abrazó felicitándolo por su ingenio y siguieron caminando hacia el bello pueblo.

Allí conoció a muchos poetas con los que hizo otros versos, se deleitó con las canciones de David Portillo, presentaron un recital con Rodulfo León, se bañó en la poza “La vuelta de gato”, jugó una partida de póquer, bajo el frondoso Guayacán y después de saborear el requesón, la mantequilla y el queso fresco que le ofreció Ricardito Martínez, regresó satisfecho a morir a León Nicaragua, donde descansan los restos del gran poeta universal.

Autor: Carlos Humberto Urzúa Sagastume.

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