El Silbidito

silbido01La mañana era como una de tantas. El sol se había asomado por entero entre los cerros que rodeaban la aldea las vacas y los terneros mugían a medida que los chorros de leche caían perpendicularmente sobre la cubeta número 12.     El diálogo entre tío Chema y Beto su sobrino era el usual, únicamente que esta vez se lamentaba la desaparición de una mula, que era el brazo derecho  del tío, ella le acompañaba en sus andanzas por las aldeas vecinas y le servía para acarrear lo indispensable para el hogar.

Se lamentaba la pérdida del valioso semoviente, pero se descartaba la posibilidad de hurto, debido a la comprobada honradez de los vecinos, que preferían defraudar al fisco con una “cuchuchera” (lugar donde se saca aguardiente clandestino) que dedicarse al abigeato.

La faena de ordeño terminó más rápido que de costumbre, porque a Beto se le fue el tiempo buscando la mula y las vacas, que estaban acostumbradas a ser ordeñadas más temprano, habían escondido la leche.    Eso tenía sin cuidado a tio Chema, lo más importante para él, era emprender pronto el viaje hacia el cerro, conocido como “El Chatún”, donde seguramente encontrarían la mula perdida.

Aquel hombre fuerte de musculatura, pero débil de espíritu y el muchacho delgado, todo un manojo de nervios, iban levantando polvo por el camino, llevando sendos lazos y un mismo propósito, encontrar la mula que tanta falta les hacía.  No estaban seguros de lograrlo, pero sí de que la buscarían hasta agotar todos sus esfuerzos.    De un solo salto atravesaron el metro de agua cristalina que bajaba del “Chatún” para formar la quebrada “San Juan”, subiendo hasta rodear la cima, sin lograr su objetivo mientras las torcazas y los cenzontles “upalleros” volaban despavoridos, denunciando la presencia de los dos extraños en aquel cerro, considerado por todos los aldeanos como un lugar encantado, existiendo leyendas de que era la guarida del diablo y el refugio de la ciguanaba, ya que al medio día y a las doce de la noche, se les oía llorar unas veces y otras, reírse a carcajadas.

El miedo estaba posesionándose de los dos campesinos, pero más del patojo que temblaba como postre de gelatina.

No tengas miedo muchacho.  –Le decía tío Chema- que eso del encanto son puras babosadas.   Agarra duro el Cristo que te traje de Esquipulas y ya verás que el diablo no vale nada ante el poder de Dios.  Todo lo que se dice de este cerro son mentiras y hoy te vas a desengañar con tu propia vista.

De repente, se toparon con una gran cueva, lo que les puso los nervios más crispados, tan negra como una noche de mayo, silenciosa como la boca de un mudo y larga como la misma ruta interamericana.   A pesar de todo, con paso inseguro se fueron internando en aquella oscuridad, era el único lugar donde no habían buscado al animal y estaban seguros de que llegando al final lo podían encontrar.    Pero a medida que caminaban, un extraño silbidito, suave y escalofriante que parecía salir del ojo de agua se esparcía por todo el ambiente, interrumpiendo el macabro silencio.

Ssshh… Ssshh..  Ssshh.. Ssshh

“¡Ay tio por Dios Santo, hoy nos va a ganar la ciguanaba!”  “¡Dame valor patojo…! Ya te voy a dar tus nalgadas, para que no seas tan miedoso.   Vos parece que no fueras de Valle Arriba”

 

Sssshh…  Sssshh.. SShhh..  SSshhh

“¡Ay tío…. Pero es que cada vez siento más cerca el silbidito!”

“¡Tené valor patojo, pronto saldremos al otro lado y al regresar a la aldea te cuezo un poquito de agua de brasas y hasta me tomo un poquito yo, porque mis canillas ya no tienen sosiego!”.

 

Ssshh..  Ssshhh  Ssshhh..  SSshhh…

Tardaron varias horas en llegar al final de aquel oscuro laberinto, para ellos había sido como un siglo, ya que el extraño silbidito no se separó de ellos ni un instante, hasta que llegaron a una huerta llena de frutales, árboles frondosos y jugosos pastos.

Era el nacimiento de la quebrada San Juan.

¡¡Ohh que alegría!! Allí estaba la mula pastando, ajena al trabajo y aflicción de sus buscadores.

Tío Chema la amarró, le sobó el lomo en señal de cariño y antes de emprender el viaje de regreso, se le quedó viendo a su sobrino directamente a las fosas nasales y le dijo con tono burlón:  “¡ay juepuerca!”  Me asustaste a mí y te asustaste vos patojo, quítate ese gran poco tieso que tenés en la nariz o te consigo trabajo en la banda del pueblo para que te echés un tu concierto de “silbiditos!”.

 

Autor:  Carlos Humberto Urzúa Sagastume.

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