Tio Vigildo

pescadinamita                Para mí la pesca no era una afición, sino un vicio.   No más me avisaban de una buena posa, para allá me iba con los muchachos a tirar bomba.

                Me sucedió un domingo.  Salí muy temprano con los hermanos Bardales rumbo al “Rio Grande”, llevando como instrumento de pesca, una bomba casera fabricada con botella de esas que tienen culo sumido, clorato, azufre, pólvora, arena fina y mecha de mortero.

                Platicábamos de aventuras pasadas, íbamos montados a caballo, porque era largo el camino que teníamos que recorrer para llegar a la poza “El Codo”.

Llegamos a la orilla de un barranco, desde donde se divisaban en el agua cristalina “machacas” de todo tamaño.   Ese era el mero punto.

                Bajamos de las monturas para acercarnos a pié, no había otra manera de hacerlo, la poza estaba rodeada de un espeso “mutal” y para entrar teníamos que atravesarlo.   Amarramos los caballos a la orilla de las parras de muta, dejando la ropa sobre las monturas y en pelota nos fuimos haciendo caminito con mucho cuidado para no espinarnos.

                Nos costó mucho, pero al fin llegamos.

                Le prendí fuego a mi puro, le pegué varios chupones y cuando estaba bien coloradito se lo acerqué a la mecha que de inmediato empezó a echar chispitas.   Alcé la mano hacia atrás para agarrar aviada y sucedió lo inesperado.     La botella se me deslizó y en lugar de caer en el centro de la posa, me calló en las patas.    Pegué el brinco más largo de mi vida, al estallido se levantó una nube de arena que nos dejó ciegos un rato, cuando vino la claridad, tenía ocho matas de muta encima y los Bardales otras doce más.   Los caballos reventaron los lazos, llevándose la ropa en las monturas, así que regresamos a casa en pura penca, más vergueados que cristo y tan ahumados, como la “nía” Laura, la tamalera.

                Me costó mucho curarme los golpes con los purgantes que me recetó don Panchito Estrada y las inyecciones que me recomendó don Tulio Rosas.

                Desde ese día, hice la promesa de no tirar otra bomba, ni comer pescado.

                Una mañana cuando estaba acostado en la hamaca del corredor de mi casa, llegaron los hijos del compadre Remigio y los hijos de la Chana, saludándome muy cordialmente.

                -¿Qué tal tio Vigildo?-

                -Aquí bastante adolorido del “cachimbazo” que llevé el otro día-

                -Venimos a invitarlo a una pescadita.-

                -Dios me guarde, para decirles que no quise probar ni la sardina para Semana Santa. –

                – No sea cobarde tío Vigildo. –

                – En el “Motagua” hay una poza que nunca le han tirado, está harta de Robalos y Cuyameles. –

                – Por mi parte que se pudran.  No voy  –

                – Vamos tio Vigildo, ahora no es con botella, sino que llevamos una candela de dinamita, se le pone larga la mecha, así no hay ningún peligro. –

                – No voy. –

                – Vamos. –

                – No voy. –

                – Acompáñenos hombre, usted tiene mucha experiencia.-

                Me pasó como las parturientas que después de los cuarenta días, corre y va de nuevo.

                En amena plática agarramos rumbo al “Motagua”, llegando a la  playa del río donde habían tetuntotes por todos lados.

                El hijo de la Chana llevaba un chucho prieto, que al llamarlo “Hotelo”, movía la cola con cariño.  Era entendido el animal, vuelta que daba el dueño la daba el perro.   No se desprendía de su amo.

-Allí está la posa tío Vigildo.  Alistemos la dinamita, que esta vez no vamos a poder con tanto pescado. –

                -Ahora solo “milá” como dijo el chino, porque prenderle fuego a esa candela, ni a leñazos.-

                – No tenga pena tío Vigildo, dijo el hijo de la Chana, yo la voy a tirar, acuérdese que soy experto en este sistema, fui dinamitero cuando hicieron la ruta al Atlántico. –

                No dijo más el muchacho, se acercó a la Poza, siempre seguido por “Hotelo”, que parecía su misma sombra.

                Nosotros nos desvestimos y con las patas hechas un yagual, nos sentamos en la playa, mientras llegaba el momento de tirarnos al agua.

                Agarró la dinamita, le prendió fuego a la mecha y la tiró a la posa, pero como estaba haciendo bastante aire, la candela cayó en la pura orilla,  El “Hotelo”, que era bueno para estas cosas, pepenó la candela con sus dientes y con el artefacto echando chispas, corrió detrás de su amo que como un cuete pasó en medio de nosotros.

                . ¡”Hay” viene el chucho con la candela prendida!-  Grito aterrorizado.

                Cuando venimos a sentir lo íbamos coleando y el “Hotelo” sin soltar la dinamita casi nos alcanzaba.

  • Detenete “Hotelo”! –
  • ¡Parate chuchito! –

El chucho condenado no entendía razones, quería alcanzar a su amo que iba adelantito de

nosotros.

                Sentía tanto miedo que por ir mirando “patrás”, no reparaba en los tetuntones que me llevaba de encuentro.   Caía de trompa y con la misma me levantaba.

                -¡Hotelo detenete, porque esa mierda ya va a reventar!-

                -¡Detenete chuchito del alma!-

                Mis codos y rodillas ensangrentados.  Mi cara más raspada que una olla despeltrada. Los dedos de mis canillas, puras flores de tuno.

                -Contenete Hotelo!!-

                ¡PUM…! El morongazo.

Todo lo que había pasado era poco con lo que se vino después.  Se levantó una polvareda después una lluvia de piedras, que parecía el juicio final.

                Me hubieran visto haciéndome los quites.

                -¿Y el Hotelo? –

                -Ese chucho desgraciado todavía anda en órbita.-

                Fui a parar al hospital, no he vuelto a probar pescado, pero sigo pensando en las pozas de “Managua”, “El Lobo”, y “Pasabien”.

Autor: Carlos Humberto Urzúa Sagastume.

Libro: Con Sabor a Tuna.
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