Zizi

               El Zizi fue mi mejor mascota; no cabe la menor duda.  Tuve una lagartija, un armadillo, dos ardillas, una rana verde, un quenque, dos pizotes, un mapache, una guacamaya, una cotuza, un tepescuintle, una víbora de cascabel sin colmillos, un cocodrilo y una araña gris, peluda, de esas que llaman tarántulas, más inofensiva que una monja carmelita.

Unas las regalé, otras se murieron de bravas, y las menos, lograron fugarse de mi casa, pues casi nunca usé jaulas ni cadenas.

Pero el Zizi era muy especial.   Cuando yo llegaba del trabajo, me recibía siempre con un zzzzizzziiii cariñoso y yo le ofrecía mi oreja derecha, para que chupara un medio milímetro de sangre, tan escasa de glóbulos rojos.   Después, mi pequeño amiguito daba vueltas alrededor de mi cabeza volando con alegría y se posaba sobre la librera a hacer su siesta.

Antes de irme al trabajo, por la mañana, mi minúscula mascota me despedía con su característico zzzzizzziiiiii… y yo le ofrecía mi oreja izquierda para que bebiera otro medio milímetro, a manera de desayuno.   ¿Qué cómo, cuándo y dónde lo conocí?  ¿Qué cómo hice para domesticarlo?

Bueno, los mosquitos son domésticos por naturaleza, pues les encanta la suave piel de los seres humanos; y el interior de las casas es más seguro para protegerse de los murciélagos, insectívoros empedernidos.    Llegó a mi vida una tarde de llovizna necia, de aquellas que no hacen mucho ruido pero que son capaces de penetrar una terraza de concreto, que humedecen todo y tapan el sol por días, que nos ponen tristes y nos mantenemos con piel de gallina.

Sentado en mi vieja mecedora que una amiga me trajo de Nicaragua, escuché un zumbido y entonces lo vi:   era un zancudo hambriento que trataba de pincharme una muñeca.   Con aburrimiento lo espanté con la otra mano; si hubiera querido matarlo, pude hacerlo, pero algo me detuvo.

Me sorprendí de que el insecto, en lugar de huir, voló enfrente de mis ojos y se separó en la punta de mi nariz.     Acerqué mi mano lentamente y él, como si fuera loro petenero, se pasó a mi pulgar derecho.

-Vaya-le dije-, platiquemos: ¿Quieres suicidarte?  ¿Por qué?

Parece una locura, es cierto, pero el mosquito me respondió agitando sus alitas con rapidez y provocando el zzzziziiii… tan singular.   Por eso le di el nombre de Zizi y, a partir de ese día, nos hicimos amigos, convirtiéndose en mi mejor mascota.

Pero como sucede siempre en los momentos más agradables de la vida, nuestra amistad terminó de pronto: vino a visitarme mi hermano, con quien nos parecemos mucho, y mi pobre Zizi cometió el error de parársele en una oreja.

Todavía logre gritar:  -¡Nooooo!…. Es el Ziziii…..

Pero el sopapo de mi hermano fue certero.   Mi buen amigo murió como todos los de su especie, sin tiempo de expirar decentemente.

Pero eso sí, le hicimos un buen entierro, con flores y todo.  Hasta el rosario le rezaron unas viejas noveleras.

Autor: Marco Antonio Ordoñez Madrid.
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