El Cincho

cinchoDon Enrique no era el más gordo de nuestro pueblo, pero si ocupaba un lugar preferente en la escala de obesidad.

Usaba cincho de pura piel y sus problemas para adquirir su largo pretal, principiaron cuando falleció el talabartero que se los fabricaba con exclusividad.   Don Quique inició sus servicios en el Organismo Judicial, como pasante o meritorio de un Juzgado de Paz, después se desempeñó como Oficial en todos los ramos y distintos tribunales de la república, terminando su carrera como Secretario de una Sala de Apelaciones.

Fue un trabajador capacitado, honrado a carta cabal y cultivó las buenas relaciones, practicando la amistad y el servicio dentro de su comunidad sin desprenderse del sentido del buen humor que fue algo que lo caracterizó.

Existen muchas anécdotas de ese peculiar personaje, pero voy a referirme al tema de su cincho, que con la muerte de su exclusivo proveedor, la adquisición de esa prenda se volvió verdadero problema, porque en nuestro pueblo era difícil conseguirlo y el que tenía en uso ya estaba deteriorado, con peligro de reventarse con el más ligero suspiro.

Por ello, aprovechando un viaje de trabajo que hice a la capital, don Quique que por esos días pesaba casi las trescientas veinte libras, me dio el encargo para que le comprara uno de legítimo cuero.

–Aquí está la medida para que me hagas el favor, me suplicó –, envolviéndose la cintura con un pedazo de cáñamo, que desenrolló del cono que se utilizaba en el tribunal para empaquetar los expedientes.   Hizo un nudo en el lugar donde tendría que ir el hoyito para meter el pin de la hebilla, con la advertencia de que el pretal tuviera unos diez hoyitos más, por aquello que engordara otro poquito, Llegué al almacén y solicité el cincho de acuerdo con las características que me había dado.

–¿Qué número quiere?—

Me preguntó la dependiente con tono agradable.    –Fíjese señorita que el número no me lo proporcionaron, pero aquí le traigo la medida.—

A continuación, ante la vista de asombro de la empleada de mostrador, desenrollé el kilométrico pedazo de cáñamo.

–¿A ese hombre lo midieron a lo largo o a lo ancho?—

No se asombre señorita, delante de mí se midió la cintura y me pidió diez hoyitos más por aquello de que siguiera engordando.

–Mire señor, una de las cosas que más me gustaría es ir a su pueblo para conocer a ese hombre, pero como me lo impide mi trabajo, dígale que para poder conseguir un cincho de esa medida, de legítimo cuero y de una sola pieza, habría que pelar la vaca como si fuera naranja, sin desperdiciar la cola!.

Autor: Carlos Humberto Urzúa Sagastume.
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