De Capricho a Capricho

Izotales es un pueblo cuyo nombre se perpetuará en la historia por sus negativas particularidades.   Para demostrar lo anterior bastará con decir que carecía de los servicios básicos más indispensables.    Frente a las casas borrachas de descuido, las calles se arrastraban –sonrojadas- buscando un abismo para suicidarse.   Pocos pueblos (porque no era aldea) se resignaban a vivir en medio de tanta miseria.   Sin embargo, los habitantes de Izotales se habían acostumbrado a caminar del brazo con la lipidia.

Es cierto que el hombre es un ser con gran capacidad de adaptación, especialmente cuando esa adaptación es para su propio beneficio, pero resulta inconcebible que también se adapte fácilmente a situaciones negativas y contraproducentes, tal es el caso de los Izotaleños que llegaron a ser famosos por su empalagante conformismo.

Nadie se podía explicar cómo lograban subsistir los habitantes de Izotales en aquel medio tan precario.   Todos los hombres eran labradores que trabajaban para terratenientes o dueños de fincas ubicadas en un municipio cercano.   Había trabajo permanente, pero los Izotaleños trabajaban escasamente dos o tres días de la semana, lo cual era suficiente para sus exiguas necesidades y estaba acorde con su ilimitado conformismo.    Eran fieles y obedientes a uno de los postulados básicos de sus abuelos: “A nosotros nos importa EL HOY, no el mañana”   Eso era indiscutible.

Los Izotaleños eran personas fundidas en el crisol de la conformidad y la desesperanza.   Gente sin metas, fines ni propósitos.   Nacidos para sufrir, pero no para llorar porque sus ojos RESECOS de ambiciones carecían de lágrimas.    Sus flácidos cuerpos eran simples estructuras humanas o caóticos maniquíes exhibiendo su precario ropaje en la danza interminable de sus vidas.     Títeres humanos representando un drama social en el gran teatro de la indiferencia.

Ninguno de los Izotaleños ansiaba superarse porque no había en el pueblo modelos para imitar.   (El Hombre es imitador por excelencia).    En Izotales todo parecía estático o en lenta evolución regresiva.    Veinte años antes o veinte años después, el pueblo era el mismo, exactamente el mismo.   Y quizás seguiría así hasta la consumación de los siglos.

En síntesis, el panorama general de Izotales, visto desde cualquier ángulo era aterrador.    Irremediablemente tétrico.   Y se empeora si a ellos agregamos que allí no se conocía ninguna clase de transporte motorizado.

Muchos caminos polvorientos llegaban a Izotales, pero daban la impresión de no regresar a ninguna parte.    Si hacemos comparaciones, Comala –donde vivió Pedro Páramo- sería un paraíso a la par de Izotales.   Pedro Páramo jamás hubiera vivido en este pueblo.

En Izotales había iglesia y escuela,  pero sin sacerdote ni profesor.   ¡Nunca llegaron!   NO había almacenes ni mercado.  Apenas -por no decir milagrosamente- existía una tienducha que más bien parecía un museo de cosas empolvadas.   Su dueño era Cheyo “Caprichos” que, empecinado en hacer honor a su sobrenombre, vivía tonta y tercamente aferrado a su improductivo y miserable negocio.    Más que una tienducha era un monumento a la necesidad.  Su dueño se jactaba –estúpida y sádicamente- de exhibir su empolvado estante unas cuantas botellas de vino y de cerveza, dignas de un coleccionista de antigüedades porque tenían más de cuarenta años de esperar la aparición de un benévolo consumidor.

Aquella tienducha, que algunos visitaban muy ocasionalmente, era el negocio de la contradicción.  Había lo que no buscaban.  Buscaban lo que no había.  Los artículos de mayor venta fueron –cuarenta años atrás- los cigarrillos Payasos y los Vaqueros.   Hoy, cuarenta años después, los cigarrillos de mayor demanda eran los ALAS y los RUBIOS, en orden de preferencias.

Fácil es suponer, entonces, que Cheyo “Caprichos” vivía no tanto de sus ingresos sino de puro milagro.  La indetenible ruina de su negocio y la rutina le estaba devorando progresivamente su torpe e inexplicable paciencia de comerciante, pues desde hacía muchos años su negocio se redujo a dos o tres ventas diarias de cigarrillos “al menudeo”.   Un negocio de esa naturaleza puede ser perfectamente cubierto por “un vendedor de chicles” de los más pobres que recorren las calles de una ciudad.

Por eso fue que, al fin de tanto, Cheyo “Caprichos” –después de toda una vida- comprendió que su actitud de permanecer aferrado a tan miserable y decadente negocio era una obsesión estúpida y hasta enfermiza.  ¡Fue precisamente entonces cuando determinó que todo había llegado a su fin.!

Sorpresivamente, Cheyo “Caprichos” dejó de ser el comerciante atento y amable de toda la vida y se transformó en un hombre amargado, decepcionado y desatento.

Por eso fue que aquella asfixiante tarde de verano enmarcada en un monótono concierto musical de mil cigarras en clamor de lluvias, Cheyo “Caprichos” atendió, visiblemente amargado, al único cliente que llegó ese día buscando el artículo que satisficiera su sed de fumador empedernido.

-¿Vos Cheyo, tenés ALAS?, -dijo el cadavérico comprador- luego de epilogar su petición con una tos cascabelera que parecía venir de ultratumba.

El obcecado negociante miró fijamente a su cliente.   No sabía si sentía lástima o asco por él.   Y con una voz saturada de cólera y melancolía le contestó: -¡¡Si tuviera alas qué tiempos que me hubiera ido a la mierda de todo esto!!!-.

El patilargo, asténico y casi transparente comprador no se inmutó y tampoco tomó por ofensa la respuesta de Cheyo “Caprichos”.   Al contrario, le dio tanta razón y lo inundó con una transparente mirada de solidaridad.   Ambos hicieron causa común y –pasados unos segundos- empezaron a reír, a reír y reír de manera progresiva e incontrolable hasta que sus ojos naufragaron en lágrimas.   Luego la risa de ambos se transformó en llanto, en llanto de niños totalmente incontrolable.   Llanto que sus ojos resecos tuvieron por siempre reprimido y que valía por el dolor de toda una vida.

Autor: Hugo Rolando Aguilar Pinto

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